jueves, 4 de noviembre de 2010

Ácido Dulzor



Cuando decides besar ...es cuando más quema.

El tacto se hace insportable, y cuando decides abrazar es cuando decides llorar.
Un lazo irremediablemente dulce, pasivo, incluso te llega a gustar. Que te endulza el alma y se te derrite, como al probar el chocolate tras unas horas sin comer.
Que casi duele.

El sueño gusta. 
Hoy comprendí que las lágrimas nunca dejan de caer. Incluso cuando ya crees que no pueden caer más...
el llanto se hace tan fuerte que siguen callendo.
...Y te impresionas.
Encuentras lo peor de tí y te autocompadeces.
Es divertido, magistral. Al mismo tiempo bello. Asímismo inconfesable.
No puedes casi respirar y te notas entumecido. Tal vez sin cerciorarte te hayas hundido, caído, quizá incluso desaparecido. No existe espacio  para tí en ese momento y sólo te soporta una masa que no te quiere ni soportar. Pesas, y eso es lo que te pone triste.

Tan doloroso que ya no sabes dónde encauzar  ese dolor, ni donde depositar esas lágrimas, porque
ya no le encuentras espacio a las susodichas. Tal  vez no haya espacio para ellas. Nadie las quiere.
Yo sí. Hay que sacarlas a pasear.
                                             Por eso hoy aprendí que se vive de ellas.

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